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jueves, 11 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 009 - VERANO DEL OCHENTA Y DOS

Nerea no podía afirmar que la invitación de Irene fuera un simple gesto de generosidad, o por el contrario provenía de un deseo claro de evidenciar que ella era una “niña rica” y de que conociera el mundo en el que se movía, la finca en la que veraneaba, la “gente guapa” de la que estaba rodeada, y las fiestas y los “saraos” que su clase social llevaba a cabo.

Ignorando sus verdaderos motivos, y aún admitiendo que estuvieran mezclados, no dejaba de reconocer y de agradecer la oferta de vacaciones que su amiga le había propuesto. Quince días en un lugar privilegiado de la costa marbellí, en una magnífica casa al borde del mar lindando con una hermosa playa semi-privada, o al menos de difícil acceso para el común de los mortales. El cuidado y amplio jardín, la enorme piscina casi olímpica para sus ojos, y en un lado, y oculta a través de una hilera de tupidos árboles, la pista de tenis. Todo este panorama se ofrecía a su mirada sorprendida y un tanto asustada ante el temor de no saber desenvolverse en un mundo tan alejado, incluso vedado hasta aquel momento para ella.

Las dos jóvenes se habían conocido cursando estudios en la misma Facultad. Nerea a través de una beca que no podía permitirse el lujo de perder, y que le obligaba a dedicar todo su tiempo y su esfuerzo a esa tarea, aunque se sabía dotada para superarla.

Irene, a su vez, sorprendentemente, ponía todo su empeño en aprobar las asignaturas, se tomaba muy en serio su carrera, y únicamente recurría a los magníficos apuntes que elaboraba su amiga, como una ayuda que ella le brindaba. Era una estudiante responsable y en ese ámbito no ejercía para nada su papel de “niña rica”.

La familia Aguirrezabala la había acogido cordialmente y con sorprendente naturalidad. Nerea imaginaba que sabían, a través de su hija, su condición social –su padre un modesto encargado de obra y su madre ama de casa-, ya que ella nunca la había ocultado.

En aquella primera cena familiar le presentaron a todos sus miembros. Y no pudo dejar de sorprenderse ante la “calidad física” que derrochaban. Muchas generaciones de buena cuna y mejor crianza quedaban patentes. El padre, de rostro jovial y atezado, parecía un maduro galán de cine; la madre, esbelta y juvenil representaba ser la hermana mayor de sus hijos –Nerea creyó percibir algún retoque plástico en su tersa piel, pero no podía afirmarlo-; Álvaro, el primogénito, alto, guapo y deportista se comportó con ella de forma galante y simpática, “tu amiga además de talento tiene belleza, ¿verdad Nené?” y el benjamín, Rodrigo, un chaval rubio de hermosos ojos azules, le estampó dos sonoros besos y le regaló una amplia sonrisa. De Irene siempre le había admirado el “estilo” que imprimía a cualquier prenda que llevara encima, aquella melena de mechas naturales en la que se mezclaban distintos tonos dorados, y los verdes ojos de un mirar profundo y a veces enigmático. No desentonaba con el resto de su familia.

El comedor de verano se asomaba a un sereno y brillante mediterráneo plateado por una redonda luna llena. El mobiliario, la decoración, la mesa, la vajilla, los alimentos, se le antojaban propios de un escenario de película. “Gente perfecta para un mundo perfecto”, pensó.

Los días se sucedieron con una plenitud y rapidez vertiginosa. Flotaba entre una nube de actividades atrayentes y desconocidas para ella. Divertidos baños en el mar, juegos en la playa, locas carreras subidos en rápidas lanchas fuera a bordo, bailes nocturnos organizados en jardines, y alguna que otra visita a discotecas de moda de las que pronto salían huyendo “la plebe es insoportable, ¿verdad chicos?”, comentaba algún componente del grupo con tono distendido y ánimo jocoso.

Y ella, en medio de aquella vorágine, como un miembro más del conjunto, como si toda su vida hubiera participado de las mismas costumbres y del mismo ambiente.

Lo mejor, sin duda, los largos paseos al anochecer por la playa ya desierta acompañada de Álvaro, que se había convertido en su sombra y ejercido como su pareja durante toda su estancia. El murmullo de las olas rompiendo blandamente sobre la arena, y el rojizo reflejo del sol celando en el horizonte, propiciaban la conversación serena y animaban a las confidencias. Él le preguntaba sobre sus proyectos, sus aspiraciones, escuchaba muy atento sus palabras y en su rostro y en su ojos desaparecía la expresión desenfadada y un tanto frívola con la que habitualmente se mostraba.

-No sabes bien lo afortunada que eres pudiendo decidir sobre tu futuro, le dijo, las mujeres sois mucho más valientes para enfrentaros a él. Mi hermana es una buena prueba de ello.

Antes de entrar en la casa, se habían cruzado y detenido sus miradas. Nerea podía respirar la atracción que flotaba entre ellos; notaba los latidos descompasados de su pulso y sentía los labios resecos. Álvaro se inclinó hacia ella y creyó que iba a besarla. La voz masculina sonó velada de tristeza al decirle:

-Eres una persona extraordinaria. Mereces lo mejor- Dio media vuelta y se alejó.

La última noche en aquél paraíso prestado. Había preparado la maleta y se había despedido de sus anfitriones. Álvaro no acudió a la cena y Nerea pensó que el ambiente enrarecido que se respiraba tenía algo que ver con su ausencia.

No podía dormir desvelada por el cúmulo de sensaciones y pensamientos que ocupaban su mente, y se asomó a la terraza de la habitación que había ocupado como invitada.

Las voces elevadas llegaban desde el salón abierto al porche situado justamente debajo de donde ella se encontraba. Después se convirtieron en gritos agudos, en peticiones de socorro y en lamentos desgarradores. Vio la silueta del padre de Irene, ya en el porche, persiguiendo a su mujer y golpeándola con saña, una y otra vez, como un poseso. Álvaro e Irene consiguieron reducirle. Los insultos aún se mezclaban con el llanto lastimero de la mujer.

Su amiga levantó los ojos y la vio en la terraza, pálida de terror por cuanto había presenciado. Sostuvo valientemente su mirada, y fue entonces cuando Nerea comprendió lo que escondían su verdes y enigmáticas pupilas.

Mayte Tudea



martes, 9 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 008 - MI NUEVA CASA

Me vi obligada a dejar la casa en la que viví desde mis tiernos años, y me dediqué a buscar la que sería el hogar de Javier y mío, al regresar él de EE UU, tras finalizar su especialización en cirugía plástica.
Cansada de recorrer inmobiliarias, en una me ofrecieron un piso, céntrico y amplio, ajustado a nuestra economía. Fui a verlo y, nada más entreabrirse la puerta, salió de él un olor penetrante, como de pergamino añejo, que hizo que en un gesto instintivo me apretara la nariz con los dedos.
-No se preocupe por el olor- me dijo la empleada de la inmobiliaria- tenga en cuenta, que el piso lleva cerrado más de diez años por problemas con los herederos. Cuando se ventile bien, el olor desaparecerá. Me convino el piso y agilicé los trámites de compra y, cuando tuve las llaves, volví para verlo de nuevo. Estaba todo amueblado, y como los muebles eran de calidad pensé quedarme con ellos. Tenía las paredes cubiertas de papel, los suelos enmoquetados en marrón y en la biblioteca del salón había libros de Aghata Christie, de leyes y de religión, portarretratos, figuritas y una colección de estiletes incompleta. Atrajeron mi atención varios cuadros de vírgenes, una cruz con un rosario y una maleta y un neceser, dispuestos para un viaje, sobre el armario del dormitorio principal. A pesar del polvo, todo estaba perfecto dentro de la imperfección que el tiempo acumula. Me asomé al ventanal del salón y, el trozo de mar que vi, me hizo sentirme relajada.
-El piso cambiará- me dije- Pintado de blanco y decorado con cortinas y macetas, perderá la de falta de vida que tiene, como de no haber oído nunca la risa de un niño. Los de Javier y míos lo alegrarán con sus travesuras.
Tras la salida de albañiles, carpinteros y pintores, el piso tomó un aspecto y un olor distinto, sin embargo, al abrir el armario el olor a pergamino parecía acumulado en él. La maleta y el neceser, varias veces los tuve en el ascensor para tirarlos, y no sé qué extraña fuerza me impedía hacerlo.
Una tarde mientras ojeaba unos libros, encontré un papelito doblado en el que había escrito unos versos, cargados de pasión, con la dedicatoria: “Para ti, mi amor” Manuela. Me quedé sorprendida pensando por qué no habrían llegado a su destinatario y cómo una mujer tan aparentemente metódica y religiosa podía escribir ese poema amoroso. No sabía apenas nada de la anterior dueña del piso, pero el portero me hizo su retrato casi completo.
La señorita Manuela llegó con su padre, abogado de profesión, procedente de Marruecos. De edad indefinida y no mal parecida, iba siempre bien peinada con un moño en la nuca y vestida con una elegancia trasnochada. Era correcta, aunque orgullosa, no tenía trato con los vecinos y nunca, ni antes ni después de la muerte de su padre, se había visto subir a ningún hombre a su casa. Salía muy poco, sólo a misa y de compras, y algunos fines de semana se marchaba fuera, decía que a casa de un hermano. Contaba un vecino que la había visto en un pueblecito del interior vestida muy a la moda, y con los cabellos sueltos, acaramelada con un chico más joven que ella. Hasta la noche que murió, su luz era la última en apagarse, al parecer se quedaba leyendo, escribiendo o rezando el rosario.
De esta foto robot, sólo el episodio del joven podía tener relación con el poema encontrado y decidí olvidarlo. Transcurrían los días, y tanto como me gustaba salir, apenas salía ordenándolo todo igual que la señorita Manuela. El olor a pergamino del armario persistía, era mi obsesión. Un día al desarmarlo por enésima vez vi en el fondo una tablita desajustada, tiré de ella, y quedó al descubierto un doble fondo lleno de cartas amarillentas atadas con un lazo azul mortecino, y una nota suelta. El olor que me perseguía desde que entré en el piso se esparció por el dormitorio. Mi primer impulso fue coger una bolsa y acabar con él, pero la curiosidad me hizo leer aquellas cartas de amor destinadas a la señorita Manuela y la nota en la que el enamorado le decía; que la dejaba por haber encontrado el auténtico amor en una chica muy joven con la que pensaba casarse. Me quedé consternada y para dar por concluido el asunto, metí las cartas en una bolsa, y junto a la maleta y al neceser, la dejé dispuesta para tirarla.
Pensaba ilusionada en el regreso de Javier, en que pronto llenaríamos la casa de amor, de alegría, y de la risa de los niños que deseábamos tener cuando... la voz de Paco al teléfono me despertó de mis sueños.
-Carmen, lo he dudado mucho, sin embargo, mi deber como amigo es contarte que Javier...
- ¿Qué le ha ocurrido a Javier?- dije casi gritando llena de presentimientos.
-No le ha ocurrido nada, pero llega a las ocho a Madrid con su esposa de viaje de novios para presentársela a sus padres. Lo siento, Carmen.
-¡Javier casado! -repetía nerviosa, intentando hablar por teléfono con sus padres. Cuando lo conseguí, la madre, con “lo sentimos hija” no hizo más que ratificar lo que me negaba a creer. Miré el reloj. Eran las cuatro. Presa de gran dolor y de ira, creí que tenía tiempo de ir a Madrid a dar a Javier mi bienvenida. A mi lado estaban los objetos que pensaba tirar a la basura. Cogí un estilete de la biblioteca y al guardarloen el neceser, en uno de sus bolsillos, topé con el que faltaba en la colección. Me quedé perdida en un mundo confuso y, cuando pude reaccionar, coloqué los estiletes en su sitio y en la chimenea del salón hice una pira con las cartas de la bolsa. Las de amor de Javier, las até con el lazo azul junto a la nota de ruptura hallada como si fuera la que él no tuvo la honradez de escribirme y, guardé el paquete en el doble fondo del armario.
Rota por el cansancio y las emociones vividas, recogí en un moño mis indómitos cabellos y me senté frente al ventanal mirando la mar, mientras que como un autómata, mis dedos desgranaban las cuentas del rosario.

Amalia Díaz
30 de junio de 2011



domingo, 7 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 007 - UNA POMPA DE JABON

Estaba como tantas veces haciendo pompas de jabón, es una cosa que me fascina, me quedo mirando los colores y formas que pueden salir de un simple canuto de caña y un poco de agua jabonosa y como se alejan despacio hacia el infinito.
Más de pronto ¡OH! no puedo salir de mi asombro, me encuentro metida en una de ellas, es hermosísima, nacarada, de tonos rosados y verdosos, se eleva despacio, no me explico como, pero yo, voy dentro de ella.
Veo como se van quedando allí abajo todas las cosas que me habían sido familiares hasta ahora, no me importa, una vida nueva comienza, una vida de ilusión y fantasía.
Contemplo a las personas, no se parecen en nada a las que yo he conocido, todas estan flotando y conversan amigablemente unas con otras, no hay competencia entre ellas ni afán de destruir nada, se ven felices y relajadas.
Los niños juegan en las calles, sin miedo a ser atropellados por algún vehiculo los maridos maltratadores han desparecido, no hay agresividad por ninguna parte, los hombres tienen tiempo para jugar con sus hijos y las abuelas cuentan historias a los nietos y les enseñan a ver crecer las flores, cultivarlas y a respetarlas, igualmente los abuelos estan felices enseñando la gran lección de la vida, como criar a los animales y, sobre todo, a cuidar de la naturaleza, principios básicos para respetarnos unos a otros, las familias están unidas y se quieren.
La pompa sigue su camino y veo una playa de aguas limpias, cristalinas, y arenas suaves como la seda, inmaculadas. Los barcos van a vela para no contaminar y por supuesto no veo ninguna patera.
El mundo es libre y hay trabajo para todos, lo que ocurre es que solo se trabaja lo necesario para vivir, no hay consumismo, pero una gran calidad de vida, y tiempo para dedicarlo a descubrir cosas, conversar y amarse.
Hay extensos bosques verdes y frondosos, por los que corren con libertad multitud de animales, hermosos ríos donde al atardecer llegan todos estos animalitos a beber en sus limpias aguas. Allí no se sabe lo que son los incendios.
Una fuente de la que mana un agua que hace las delicias de unas pequeñas ninfas que viven en ella, allí se bañan y juegan con los duendes que casualmente tambien habitan en el bosque cercano, hasta esa fuente llegan de todo el mundo unas bellísimas mariposas que en ella se posan, y aunque cansadas de tanto viajar, disfrutan enormemente con las ninfas, invisibles al hombre, a las cuales visten con sus alas tornasoladas, libélulas de todos los colores revolotean por allí, flores de una gran variedad perfuman el ambiente, y los duendes juguetones hacen las delicias de todos los habitantes de la fuente mágica, aunque a veces con sus travesuras les hacen perder la paciencia, ya se sabe como son los duendes.
Voy mirando ese mundo dentro de mi pompa, no tengo necesidad de nada, floto y veo la felicidad que existe. ¡Que fácil es ser feliz!
Recorro el mundo, contemplo las autenticas maravillas que tenemos. Mis pequeñas no corren ningún peligro, no hay grandes riesgos, disfrutan, ríen y juegan a las casitas con las muñecas, a las canicas, al diábolo, a los cromos, al guiso, conocen las estrellas por sus nombres, escuchan los cuentos que otras personas mayores les cuentan, cantan canciones infantiles, bailan los bailes de siempre, los de toda la vida, improvisan sus juguetes, y saben soñar.
Sueñan con princesas prisioneras y príncipes azules a lomos de briosos corceles blancos, con sirenas que cantan, o con ranas encantadas, con animales que hablan, con hadas madrinas y sobre todo con Ángeles.
Cuando se van a dormir siempre les digo “soñar con los angelitos “te dan un beso y esperan el tuyo.
Estaba contemplando ese mundo cuando de pronto. ¡Horror! un viento huracanado arrastra mi pompa y… alguien me toca en el hombro.
Despierta, despierta, te has quedado dormida, el frío del otoño entra por la ventana y te vas a enfriar.
Abrí los ojos, mire a mi alrededor, y pude comprobar que todo, había sido un sueño.

Mª Eugenia Pereiro Barbero
Malaga 20 de Agosto de 2005


jueves, 4 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 006 - "EL BAUL DE LOS RECUERDOS"

La tía Julia murió a los noventa y tres años de edad, atiborrada de historia: conoció la Monarquía, la República, la Dictadura, la Democracia…
Escribo este relato, porque quiero rescatar para los lectores del blog el cúmulo de horas que me dedicó hablándome de la Historia de España cuando yo era niña.
De toda su familia era la persona más callada, la más trabajadora, y la más noble en su forma de sobrellevar la vida y de ir sobreponiéndose a las vicisitudes que nos depara la vida cotidianamente.
Había en ella como un halo, un sello distinguido y aristocrático; una forma de encarar la vida y la muerte insólita.
La perspectiva que me ha ido dando el hueco de su ausencia irrestañable; es lo que me permite valorarla con más exactitud. Yo diría que tenía luz propia. No esa luz de pose que suele brillar en las buenas familias de postín; sino la luz interior que brota, irradiando como un sol, desde dentro hacia fuera y baña al que está a su lado aunque éste no se dé cuenta.
Un calor tibio pero persistente me ha ido creciendo en la memoria al ir recordándola por entre los jirones de la vida. Y es que la vida misma, a veces, es jovial y dura.
Por todos los rincones de su casa, aún se movía con noventa años con una increíble fuerza cincelada al fuego de la sobriedad. Cuidándolo todo y cuidando de todos. Y por la noche, muchas noches, siempre le quedaba un resto de generosidad literaria para contarme cuentos que se basaban en la vida real, en la Historia.
Mi afición por las aventuras marineras se la debo a ella, al igual que el entusiasmo por los bandidos de Sierra Morena, Serranía de Ronda o Despeñaperros; con esos famosos bandidos como “Juan Palomo”, “El tempranillo” o “El Pernales”. ¡Qué historias más interesantes me contaba la tía Julia sobre ellos! ¡Cuanto sabía de todo esta mujer!
Pero por encima de todo, recuerdo lo que ella misma vio para contarlo: la Guerra Civil española. Las imágenes del horror tuvieron que hacerme quedar boquiabierta en la cama antes de dormir, ya era un poco más mayor y comprendía mejor las cosas. Parece que la escucho con su mismo tono de voz. Aquello fue un horror; pero dicho con la sabiduría de la serenidad del que es capaz de sentir en sus carnes todos los horrores de la guerra.
Sí, sin ninguna duda, la tía Julia fue mi primera maestra en la enseñanza de las virtudes de la Historia y, sin embargo, a pesar del rictus de tristeza que siempre había en su alma, o tal vez por eso, no lo sé, también, como una lámpara inagotable nos alumbraba en silencio con su bondad, eso era, bondad y tristeza. Pues su vida parecía tener una aureola mágica de hondo encanto, de ahí su nobleza.
Mis años no me dan para recordarla llorando ni tampoco riendo, francamente. Pero ahí estaba siempre dispuesta, libre para lo que hiciese falta; con un talante humano para la comprensión y con una capacidad creativa para el trabajo doméstico inquebrantable.
Durante el último año de su vida me cogía la mano con sus blancas y huesudas manos, las venas a flor de piel, una piel increíblemente tersa; tranquilamente sentada en una butaca junto a la terraza, me miraba y con un don señorial me susurraba: - Hay que ver el trabajo que cuesta morirse - Y de hecho se fue muriendo en silencio, sin querer molestar. Se nos fue despacito, muy poco a poco, como se va poniendo el sol a la caída de la tarde, llevándose una valija repleta de historias de su familia que, con toda seguridad, desaparecerán para siempre en “El baúl de los recuerdos”.

Maruja Quesada Martín
3 de Agosto 2011


miércoles, 3 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 005 - A ORILLAS DEL MAIZAL

La casa que acababa de alquilar para pasar mis vacaciones era muy distinta a la de las fotografías publicadas en Internet. En realidad tenía todas las habitaciones que prometía y la decoración también era la misma, pero había algo intangible que se desprendía de ella. Lo advertí desde el mismo momento que pisé los escalones de la entrada.
El olor a salitre llegaba hasta allí y podía verse el mar desde todas las ventanas, era como estar dentro de ese universo azul, a veces verdoso, a veces gris, con aire de levante o de poniente y a merced de olas furiosas o suaves que a cada rato rompían en las rocas cercanas cambiando por completo el paisaje que la envolvía.
“Al menos no me aburriré, cada día habrá algo distinto ahí fuera”.-pensé mientras miraba hacia el horizonte desde el que iba a ser mi dormitorio.
Ese retiro personal tenía una finalidad: era desintoxicarme del caos amoroso en el que se había convertido mi vida y que como una droga dura me había dejado el alma hecha añicos y la voluntad anulada durante mucho tiempo.
El mar siempre fue un gran bálsamo para mi alma y seguro que conseguiría reponerme, solo era cuestión de tiempo.
Repasando visualmente los cuadros que adornaban las paredes, ya de por si recargadas por un papel pintado de ondulados lazos infinitos; me llamó la atención un gran cuadro de una escena campestre, que colgaba solo en aquella pared frente a la cama. Era completamente diferente a los del resto de la casa: láminas bastante vulgares de las que se ponen para rellenar los huecos vacíos, con más o menos acierto.
Al acercarme comprobé que era una acuarela original y fechada en 1.570, muy bien conservada a pesar de la humedad que podría haberla deteriorado estando tan cerca del mar, aunque quizás no siempre había estado en ese lugar y si era así ¿por qué estaba allí algo que seguramente por su antigüedad debía tener mucho valor?
Mi curiosidad me hizo observar todos y cada uno de los detalles del cuadro: los árboles frondosos de aquel bosque que se perdía en la perspectiva. Las nubes de formas tan increíbles como las reales. Las mazorcas maduras del maizal delante de la casa que estaban pidiendo a gritos su cosecha y que parecía esperar con su puerta abierta el granero contiguo.
Observé que la masía era parecida a la casa que acababa de alquilar, salvo por los tejados y las contraventanas abiertas de par en par, que invitaban a colarse por ellas y no por la puerta principal, para descubrir sigilosamente su interior.
En la planta de arriba vi la que era una especie de copia del dormitorio y empecé a recorrer con la yema de los dedos los contornos de las nubes, los árboles, el maizal, el granero, el tejado y esa ventana.
De pronto los trazos planos de la acuarela fueron engrosándose como si se trataran de pinceladas al óleo. Empezaron a adquirir relieve, a cobrar vida propia y al terminar de pasarlos por la ventana de aquel dormitorio, una densa niebla empezó a entrar en la habitación desde abajo hacia arriba. Miré por la ventana y seguía viendo el mar; pero enseguida perdí esa visión, la niebla lo inundaba todo. En unos interminables minutos se disipó. Volví a mirar por la ventana y allí estaban el maizal, los árboles y todo lo que antes había visto en el cuadro. Esas eran ahora las vistas desde mi ventana, el mar había desaparecido y el cuadro de la pared también.
Estaba asustada, sabía que mi mala experiencia amorosa me había trastornado, pero no hasta el punto de volverme loca. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué hacía allí? y ¿por qué llevaba ese harapiento vestido?
De pronto escuché por las escaleras una voz masculina que gritaba:
“Sara, Sara, date prisa que ya vienen por el camino, tienes que esconderte en el granero, si no te llevarán al tribunal “. Enseguida apareció el dueño de aquella voz, era un hombre joven, cuyo atuendo era tan andrajoso como el mío y me dijo: “vamos hermana, no tenemos tiempo que perder, El Santo Oficio no sabe que has venido a visitarme y en estos tiempos cualquiera puede ser una bruja o una hereje, si te encuentran una alforja llena de hierbas del campo. Mejor no dar explicaciones, por mucho menos han firmado sentencias de muerte”
- Pero “que sentencia de muerte”, si yo no he hecho otra cosa en mi vida que poner la otra mejilla -contesté, pero aún así era tan convincente que le di la mano que me tendía y me fui con él escaleras abajo con una bolsa colgada del hombro, casi tan vieja como mi ropa.
Apenas pude mirar en mi carrera todo lo que había alrededor, pero podía ser perfectamente de la época de la masía del cuadro.
Salimos y mientras me ayudaba a subir al granero y me escondía bajo un montón de paja, me dijo que me estuviera quieta y callada mientras él se iba a recoger mazorcas, que todo debía parecer normal.
Al poco rato escuché al menos tres voces distintas que preguntaban a “mi supuesto hermano”: ¿qué hacía? ¿si había recibido últimamente alguna visita? y otras preguntas que él iba contestando con desparpajo. Era como un censo, pero mucho más inquisitivo. Entraron en la casa y la registraron. Después salieron balanceando una pequeña bolsa que por su ruido parecía llena de monedas y con caras de satisfechos; cosa que pude entrever por una rendija de los tablones del altillo del granero. En mi afán de seguir espiando y comprender en que acababa aquella locura, pisé mal y me caí al suelo, dándome un buen golpe en la nuca. No sé el tiempo que estuve allí. Me desperté y estaba tumbada en la cama con un fuerte dolor de cabeza, pero al palparme no advertí ningún golpe. Mi ropa era la que traía al entrar en la casa. El dormitorio parecía el actual y el cuadro campestre seguía en la pared frente a la cama.
“Menos mal que solo ha sido una horrible pesadilla y con la Inquisición, decididamente cuando vuelva a la ciudad tengo que ir a un psiquiatra” pensé mientras me incorporaba de la cama.
Miré el cuadro sin acercarme demasiado y por supuesto sin tocarlo, observando que ahora había mazorcas en el suelo cerca del granero y el maizal estaba a medio recoger. Pensé que quizás no reparé bien en ese detalle la primera vez.
No estaba dispuesta a que un mal sueño me estropeara las vacaciones, ni mi terapia de desamor frente al mar, así que llamé al casero para que retirara el cuadro esa misma tarde: “era muy antiguo y a mí no me gustaba el campo”, esos fueron mis argumentos.
Por cierto, al desvestirme para darme un relajante baño e intentar olvidar el incidente, cayeron al suelo algunas briznas de paja que no entiendo como fueron a parar entre mis ropas….

Esperanza Liñán Gálvez



martes, 2 de agosto de 2011

AULA DE MAYORES DE LA UNIVERSIDAD DE MALAGA " Curso 2011/2012"

Para toda persona interesada en los cursos del Aula de Mayores, informamos que como en años anteriores la Universidad de Málaga junto con la Consejeria para la Igualdad y Bienestar Social acaban de publicar el programa para el Curso Académico 2011/2012.

Al igual que el curso pasado el aula de mayores se compondrá de dos ciclos:

- Tres cursos para el primer ciclo y cinco cursos de especialización para el segundo ciclo.

- Se complementaran estos ciclos con talleres de Salud y cuidado personal asímismo con Talleres de francés, inglés, e informática estos últimos con varios niveles.

- Salvo los Talleres de Informática, que se realizarán en la Facultad de Económicas y Empresariales, así como el de Salud y cuidado personal que se realizará en la E.U. de Ciencias de la Salud en el Paseo de Martiricos, todas las actividades lectivas estarán reunidas en el Edificio antiguo de Ingenieros, situado en la Plaza del Ejido.

- Así mismo la oferta de actividades físicas –gimnasia y piscina-, se llevarán a cabo en las instalaciones del Campus de Teatinos.

Para mayor información detallada y concisa visitar el siguiente enlace :

Aula de Mayores Universidad de Málaga Curso 2011/2012

P.D.: El Curso académico se desarrollará entre el 17 de octubre de 2011 y el 8 de junio de 2012, y las matrículas se efectuarán del 12 de septiembre al 28 de septiembre de 2011.
Como novedad para este curso tenemos :
Que a lo largo del curso se impartirá para todos los alumnos un módulo formativo de 16 horas de duración en materia de políticas destinadas a la atención de las Personas Mayores y la promoción del envejecimiento activo. De la fecha y lugar de impartición de dicho módulo se les informará a lo largo del curso.
Asimismo se incluirá un taller de 2 horas de duración que consistirá en una jornada de participación conjunta entre los jóvenes universitarios y los alumnos del programa del Aula de Mayores para promocionar y facilitar la sinergia intergeneracional.

PARTICIPANTES :
Podrá participar cualquier persona que tenga 55 años de edad o los cumpla antes del 1 de julio de 2012, con independencia de la formación académica que posea.






lunes, 1 de agosto de 2011

REFLEXION

Hemos finalizado el mes de Julio con la publicación de cuatro relatos que hemos recibido para el concurso que tenemos organizado, antes de continuar y dar paso al mes de agosto con la presentación de nuevos relatos, damos paso a una nota que a modo de reflexión le gustaría hacer llegar a todos los que gustan de escribir y que nos manda nuestra compañera Mª Esperanza Liñan Gálvez y que titula "Queridos personajes" y que dice así :


Muchos personajes de nuestros escritos esperan su momento para salir a la luz y desperezarse de ese limbo en el que se encuentran y no saben ni cómo, ni dónde será.
Todos están impacientes por conocer cuándo cobrarán vida; si su presencia será importante o intranscendente y efímera. Si se encenderán de amor y pasión como adolescentes o caminarán de la mano disfrutando el remanso de la madurez…
No es un parto al uso, no tiene un tiempo natural; su tiempo es el de la inspiración, el de mirar con ojos alertas, el de escuchar con los oídos del alma y el de escudriñar en nuestra memoria aunque duela, para que cada uno de ellos sea parte de una historia y llegue al mundo con el mejor bagaje que seamos capaces de darles.
Su existencia nos pertenece hasta ese momento, jugando a ser Dioses de su universo por imaginarlos y crearlos. Y ellos agradecidos piensan que no serían nadie sin nosotros, y yo me pregunto: ¿No será al revés?