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jueves, 18 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 013 - EN LA PIEL DEL "OTRO"

“El zumbido de un insecto, tal vez un mosquito, le despertó. ¡Dios, otro día! Y no precisamente bueno. Las nubes amenazaban por descargar y lo harían como los ocho anteriores. Ya no le quedaba ni ropa seca ni limpia. Odiaba ser un “sin techo” pero más aún ir sucio y mal aseado, amén de no tener ningún tipo de recurso económico. Necesitaba al menos algo de pasta para lavar la ropa y tomar algo, incluso un café sería ya un festín.

Pero estaba harto de pedir. Lo peor no era el suelo frío, el dolor de huesos, el cansancio, los recuerdos del pasado, lo peor era pedir, agachar la cabeza y aguantar las miradas despectivas, que no le dolían tanto como las de lástima.

El día anterior había sido horrible. Se avecinaba la Navidad que se hacía patente en todo lo que le rodeaba. Para la gente con la que se cruzaba esa época era un punto y aparte de todo lo anterior, esa es realmente su magia, esa y la de miles de criaturas escribiendo sus cartas repletas de deseos, las calles abarrotadas y los comercios llenos, familias esperando reunirse alrededor de una buena mesa aunque la crisis los tenga ahogados, renovadas esperanzas en un próximo año mejor, felicitaciones... La realidad, luego, nos hace despertar. No, no es todo tan bonito, lo sabía por experiencia. Pero aún ellos vivían en esa ilusión.

Ya era bien de noche y llevaba todo el día soportando la felicidad de los demás y sus crueles comparaciones con la gente que se cruzaba en su camino. El dolor de estómago ya se hacía casi insoportable. Era cierto que cada vez podía pasar más tiempo, y casi sin marearse, con unos cigarrillos y una cerveza, pero hoy necesitaba comida de la de verdad, de la que llena el estómago y no los ojos.

Cogió su guitarra y su gorra, comprobando que sólo su triste aspecto y sus inconclusas notas no eran suficiente razón para conseguir algo de dinero, y como si fuera a alguna parte, caminó calle arriba. Pasó al lado de unas mesas donde dos pizzas estaban siendo comidas con una tranquilidad y un desinterés que él ya ni recordaba, como tampoco se acordaba ya del miedo a encontrarse con alguien conocido o al policía que cumpliendo sus funciones le apretaba fuertemente el brazo solicitándole, por decirlo de forma suave, que dejase de molestar.

Maldiciéndose por su debilidad y rompiendo su reciente juramento de no someterse más a la cruel realidad, volvió a demostrar esa sumisión ante su propio conformismo, que vencía a su casi inexistente voluntad tan fácil y rápidamente como se proponía a hacer uso de ella y cambiar.

Mientras buscaba un lugar apropiado para solicitar un poco de caridad, palabra que odiaba, intentó repasar su vida, cuándo empezó todo, qué le hizo llegar al estado actual. Sólo tenía ya ráfagas de aquellos dolorosos momentos. Todo había ocurrido muy deprisa aunque ahora le parecieran eternos.

Fue como una cascada que cuando empieza a fluir ya nadie puede pararla. Nunca se drogó ni bebió, trabajaba en una gran empresa y tenía una familia envidiada por todos. Era feliz. Luego empezó la crisis y perdió el trabajo. Tras meses y meses de búsqueda, su carácter empezó a agriarse. Aún su entorno le apoyaba pero comenzaron las discusiones, los desencuentros, la falta de confianza. Recibía, cada vez más a menudo, recriminaciones injustas. Cansado de todo ello, un día salió por la puerta y nunca regresó. Tampoco se preocuparon de buscarlo. Él que lo tuvo todo ya no tenía nada, bueno, todo no lo había perdido, le quedaba su orgullo intacto, su esperanza en que, algún día, todo volviera a su lugar y su fe en si mismo. Él era distinto a los demás que veía en su misma situación pero también en eso se equivocaba. Al poco tiempo se reconocía en cada uno de ellos.

Lo que más le dolía era ver cómo le veían los demás aunque en sus largas noches de insomnio había pensado que todos teníamos algo de él. Todos mendigamos caricias para el alma, necesitamos que nos quieran, que reconozcan nuestros méritos y esfuerzos, que nos valoren, que nos respeten, que nos den la mano, porque necesitamos de los demás para cubrir nuestras deficiencias y todos “estamos estancados en ese punto muerto del que no hacemos nada por salir y sabemos que nunca lo haremos”.

Se dirigió hacia unas mesas y con voz de quien no es nadie ni nada tiene pidió un trozo de aquel manjar, alegando problemas de dinero, como para negarse a si mismo que en su cara llevaba el fracaso dibujado.

El señor del gorro raro se apresuró a darle un trozo y, seguidamente, la pareja que estaba sentada al lado le ofreció otro. Ellos se sintieron más buenos y yo más desgraciado”.

Mª Luisa Vazquez Arrondo


lunes, 15 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 012 - AROA

Esta es una de esas historias que suceden muy cerca de ti y de mi. Las percibimos próximas a nuestro entorno vivencial y son profundamente reales, verídicas. No son grandes relatos, pero adquieren su íntima grandeza por la fuerza de su naturalidad. Por esa apreciable y densa humanidad que saben irradiar, para el goce que nutre la sed de nuestro conocimiento. Comencemos, pues. Aún el escenario del espectador se halla vacío de atrezos y utilerías para la concreción visual. Iremos, de forma gradual, rellenando ese espacio que nos va a permitir viajar, en la templanza veraniega y durante unos minutos, por los sutiles caminos de la imaginación.

Uno de los protagonistas, en esta sencilla narración, se identifica con el nombre de Pablo. En pleno ecuador de su tercera década existencial, es delgado de cuerpo, aunque fuerte en musculatura, ya que ama y practica el ejercicio físico, para su mejor forma y estabilidad. Trabaja, lo cual es una suerte para estos tiempos absurdos en lo injusto, en una importante corporación de seguros, líder en su sector dentro del mercado nacional. Una preciada licenciatura, amén de saneado expediente, en Económicas fue el pasaporte seguro para ingresar en la empresa, hace ya ocho años. Su largo noviazgo con Ana se generó en las aulas académicas de la facultad, hasta que un día decidieron compartir un piso alquilado y organizar la boda por lo civil, entre los parabienes y bromas de familiares y amigos. Ambos representaban caracteres marcados por un cierto contraste. Lúdica, espontánea e irreflexiva, en la imagen de ella, a la que él oponía y equilibraba su serenidad, prudencia y pautas de seriedad. El equilibrio resultante de ambos patrimonios en lo humano, les permitió compartir juntos tres agradables (sin exagerar) años en aquella modesta, pero cómoda, vivienda de la zona universitaria. Su compañera dedicaba las horas de mañana a trabajar en una gestoría propiedad de su padre, ayudando de manera razonable a la economía familiar. Ambos pensaron y decidieron que algún hijo llegaría, pero lo dejaron, de mutuo acuerdo, para más adelante. Y así de rutinaria y simple dibujaban sus vidas cuando, en una fría noche de invierno, Ana, tras la cena, apagó el televisor y mostrando un serio semblante, inusual para su tendencia dominante a la simpatía, confesó, con la frialdad de un estilete bruñido para la hendidura, la realidad que le veía ocultando, durante casi medio año ya. “Pablo, mantengo una relación afectiva con otra persona. Está casado, pero nuestras vidas están unidas con firmeza. Ha sucedido.... y este vínculo ya no tiene vuelta atrás. Estoy decidida a vivir con él y, a pesar de lo duro que resulte para ti, hemos de afrontarlo. Es una situación que viene de meses y ya no quiero fingir más contigo. Entiendo y acepto todos los reproches que puedas albergar en este momento. Que te sientas muy herido en tu dignidad. Pero, así de cruda y triste es, no pocas veces, la realidad”. Pablo percibe que el mundo se le desmorona. Se ve, ante el espejop de la conciencia, traicionado, humillado y despreciado por una persona a la que siempre ha considerado como su leal compañera, amiga y esposa. No articula palabra alguna. Se genera un bloqueo anímico, en lo racional y sentimental de su persona, que le impide preguntar, protestar, llorar u odiar. Ambos cruzan sus miradas, durante minutos y minutos, en una situación tensional, crítica, impotente, desalentadora. Profundamente vacía, pues los vínculos afectivos entre ambos se han derrumbado.

Los semanas que siguieron a esa crítica noche, representaron la dureza del desamor y el pesimismo irremediable de la cruda realidad. La ausencia de hijos hizo más llevadera una incómoda situación que, aún deseándola civilizada, acaba, de forma previsible, fluyendo rencores, disputas y pobres respuestas que degradan noblezas y afectos, ya alejados en los pretéritos de la memoria. Abogados insensibles, avidez en el reparto de bienes, alguna que otra desagradable bronca en las respectivas familias y la acomodación inevitable a la nueva situación que ha de presidir, en el futuro, sus respectivos comportamientos. Cualquier palabra, en estos conflictos, se torna agresiva e hiriente, al margen de su aséptico contenido semántico. Él, muy destrozado en el equilibrio personal, volvió a su casa de siempre, ayudando a paliar, aún sin pretenderlo, la soledad silenciosa de una madre cuya viudez nunca supo integrar. Ella, con ese sentido de la culpabilidad bien arrinconado en el ego de la necesidad, justificaba su proceder en los misterios embriagadores de la atracción, regados por la aventura sensual de la novedad. Su apuesto técnico informático, Mario, con el que ya comparte la continuidad en las horas y los días, multiplica el esfuerzo imaginativo para navegar ante una complicada marejada en lo económico, proveniente de las obligaciones legales ante una esposa abandonada y una hija que cursa segundo de primaria.

La historia, relatada hasta el momento, sólo ofrece la dureza de las respuestas en la normalidad. Y es que se hace hoy tan frecuente, en el hervidero de lo social, que nos permite asumirla sin el mayor reclamo o conmoción. Impacta su monótona y carencial novedad. Sin embargo, hay un elemento nuevo que reclama su protagonismo en la escenografía desarrollada ante un público atento. Ana afirma, sólo ella lo sabe desde el ciclo natural de lo mensual que ese hijo que espera procede de su nuevo amor. Se halla completamente segura de no equivocar las señas indicativas de la responsabilidad paternal. Ella sabe muy bien por qué.

Para suerte en nuestra visión escénica, surge otro personaje. Su protagonismo va a resultar decisivo para el itinerario y significación vital de un Pablo en el que anidan escasos recursos para la recuperación y la lucha. El mazazo que ha recibido ha hecho profunda mella en su actual autoestima. Irrumpe con brillo esperanzado, en ese segundo acto que posibilita el desenlace, la humilde sencillez de Aroa. Madre soltera de una niña de nueve años, generada en una tarde festiva de grupo, cuando apenas había superado la mayoría de edad. Quiso sacar adelante a su cría, ante el anonimato cobarde de un padre preocupado e interesado para otros menesteres. Trabaja en un hotel de la madrileña Gran Vía, como camarera de habitaciones. Morena, bien parecida y frágil de cuerpo, presenta siempre un credencial de agrado y laboriosidad. En lo personal, resulta algo reservada, ya que es celosa de su privacidad por encima de cualquier otra consideración. En más de una ocasión, deseó encontrar una buena pareja que, aparte su lógica estabilidad, aportarse la figura de un padre para su protegida y querida hijita. Pero la suerte le fue un tanto esquiva. Hubo alguna relación más allá de la amistad, pero la presencia de una niña, sin apellidos masculinos, impidió la fuerza necesaria para vincular tres vidas necesitadas. Supo educar a su niña con el amor y la autoridad que en su familia no había prevalecido. Verla crecer, con la estabilidad y entrega que ella le dio, ha sido siempre su mayor orgullo y la ilusión para el caminar.

El azar, con el misterio de la ocasión, hizo que Pablo tuviera que hospedarse durante cuatro días en un hotel, en la zona centro de Madrid. Ahí fue su encuentro, en esas mañanas en las que tienes que esperar a que terminen de “hacer” tu habitación y pides ayuda para algo nimio pero de importancia para tu puntual necesidad. Tenía que presentar una comunicación esa tarde, en el Congreso anual de su empresa, y observa un problema de botones en su chaqueta azul para la ceremonia. “Por favor, señorita, tengo una dificultad con mi chaqueta para la reunión que he de mantener dentro de pocas horas. ¿Sabría Vd aconsejarme a dónde podría acudir, a fin de solucionar este pequeño pero, para mi, gran problema? Un botón se ha descosido y otros están a punto de hacerlo……” “Déjemela, que trataré de arreglarla. Mi turno finaliza en media hora pero, a las dos, he de recoger a mi niña del cole. Vivimos solas las dos. En casa tengo aguja e hilos y para cuando haya terminado de comer los botones estarán bien ajustados”. Efectivamente, la chica hizo el esfuerzo de volver a su lugar de trabajo, llevando la chaqueta arreglada, antes de las tres y media. Le acompañaba su pequeña, intrigada por conocer al “hombre de la chaqueta azul”. La fluidez y rapidez en los trenes del Metro facilitó el rápido desplazamiento de Aroa, desde el hotel a su domicilio y la vuelta al centro de Madrid.

A la mañana siguiente, cuando fue a hacer las habitaciones de su planta, encontró en la cuatro veintiuno, encima de la mesa, dos paquetes. Eran sendos regalos para ella y su hija, con una nota de agradecimiento, firmada por Pablo, por la bondad y eficacia que había mostrado la tarde anterior. Pablo supo contactar con Aroa el último día de su estancia en la capital, sugiriéndole la ilusión por tener una merienda o cena con ella y su hija Deli. Así comenzó una sencilla, pero maravillosa amistad, entre dos (en realidad, tres) personas que se necesitaban.

Pablo ha solicitado el traslado, a la dirección de su empresa, para Madrid. En el impreso de petición, justifica su deseo por querer luchar por el amor de una buena y ejemplar persona que revitalice su existencia. Mientras, Aroa, confía ilusionada, cada una de las noches, en esa larga llamada telefónica que, desde Málaga, le hace sonreír con una profunda alegría. Tras ese rato de confidencias, siempre hay unos correos electrónicos que transmiten palabras, fotos, latidos y promesas, vitales para la esperanza.-



Jose L. Casado Toro

domingo, 14 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 011 - LA CARTA

El sol derramaba los últimos rayos iluminando la estancia. En una de sus esquinas, junto a la ventana, un individuo leía con interés una carta.

Querido Simón:
Bebes mucho y malo. Ese coñac que consumes con nombre de competición hípica te está destrozando el estómago, el hígado y las vísceras del resto de cavidades de tu cuerpo.
Donde más se muestra tú deterioro es en el carácter. Te has vuelto huraño y violento, malhumorado y zafio y sobre todo has perdido el encanto que desbordabas al inicio de nuestra relación. ¿Por qué este cambio tan radical?
Nuestro idilio se ha ido corrompiendo hasta envilecerse. Ya no eres el hombre que me susurraba al oído aquellas palabras mágicas que me trasportaban a un cielo que desconocía hasta entonces. Todo te lo soportaba. El amor por ti era la pantalla en la que rebotaban tus desaires.
¡Ya no te aguanto más! Tu mujer y tus hijas sabrán todo lo nuestro y la clase de persona que realmente eres, muy lejos de la imagen que das como funcionario honrado en constante servicio a la sociedad.



― ¡Jefe! Abajo están el juez y el forense ― avisó un policía de uniforme desde la puerta del apartamento.
El individuo abandonó la lectura murmurando tacos y se guardó la carta en el bolsillo de la americana.
― ¿Qué les digo Jefe? ― preguntó de nuevo el policía desde la puerta.
― Diles que suban y a los del anatómico que esperen en la furgoneta hasta que se les avise ― replicó visiblemente molesto.
Sentado y con los brazos extendidos sobre la mesa del comedor se hallaba el cuerpo sin vida de un hombre joven con la cabeza apoyada sobre el lado izquierdo de la cara. Tenía un disparo que le entraba bajo la oreja derecha y le salía por el ojo izquierdo. El mantel que cubría la mesa se había empapado de sangre dejando caer un finísimo hilo en el suelo. En su mano derecha sujetaba una pistola plateada de pequeño calibre con las cachas de nácar.
El que parecía ser el Juez entró junto al resto de su equipo y saludó.
― ¡Hola comisario! ¿Qué tenemos aquí?
― Buenas tardes señoría. Otro desgraciado más que, cansado de vivir, se ha pegado un tiro. Su nombre es Manuel Cifuentes, viejo conocido en mi comisaría como chapero.
― Bien. Señora secretaria: mientras el forense inspecciona el cuerpo usted redacte el acta de levantamiento del cadáver, se la firmaremos el forense y yo. Mal día ha escogido éste para pegarse un tiro ― bromeó el Juez ― la televisión retransmite la final de liga.
El forense se inclinó sobre el cuerpo, le alzó la cabeza sujetándola por el cabello observando de cerca los orificios dejados por el proyectil y certificó la muerte. Hizo unas fotos desde diversos ángulos y se dirigió al Juez.
― Por mi parte ya he terminado. Lleva entre dos y cuatro horas muerto. El resto me lo dirá la autopsia.
― Pues entonces vámonos y usted Simón ― dijo el Juez volviéndose hacia el comisario ― no se pierda el partido, promete ser de infarto, y afloje en la bebida hombre, que tiene usted mala cara.

Nono Villalta




RELATO A CONCURSO Nº 010 - EL INVERNADERO

Ramón acaba de jubilarse y se pasa todo el día del sofá a la mesa y de la mesa a la cama.
Su mujer, viéndolo tan desanimado le dice que debería darle un giro a sus aficiones, y le aconseja que arregle el pequeño invernadero, que hay detrás de la casa, que está desatendido desde que su hija se marchó a Londres.
-A ti siempre te han gustado las plantas y tenías muy buena mano con ellas. Incluso podríamos tener un pequeño huerto –dijo Carmen a su marido, con seguridad.
- Yo también lo había pensado, pero habría que renovarlas porque están todas casi secas.
- Bueno, ¿tienes algo mejor que hacer en los próximos años? Esta misma tarde vamos al vivero. Primero echaremos un vistazo para comprobar las que se pueden salvar y sino las cambiamos todas.
-Ramón, no te olvides de la tierra y el fertilizante, tienen que ser de calidad. Verás como en poco tiempo nuestras flores serán la envidia del barrio.
Durante los siguientes días, Carmen comprobó que su idea había sido realmente acertada.
Su marido estaba totalmente entregado a la jardinería. Solo paraba para almorzar y ver las noticias del telediario de la noche, antes de acostarse.
- Hay algo que no debes olvidar, no sólo de agua y fertilizante viven las plantas. Tienes que hablarles todos los días. Recuerda que son seres vivos –comentó su mujer.
- ¿Hablarles? ¿cómo voy a hablarle a una maceta? – contestó Ramón.
Al cabo de unos días, el invernadero estaba perfecto. Las flores lucían en todo su esplendor.
Había tenido mucho cuidado en colocarlas, no solo por especies, sino siguiendo una gama cromática degradada. El resultado era espectacular y por las tardes su aroma llegaba hasta la casa.
- Están preciosas. Eso es porque las mimas y les hablas. No lo niegues, te escuché el otro día hablándole al jazmín –dijo orgullosa su mujer.
- ¡Sí, lo he hecho, no lo niego, pero no pienso seguir hablándoles!
- ¿Por qué, es qué no ves el magnífico resultado?
- Carmen, hablarles no es el problema; ayer me contestaron…

Esperanza liñán Gálvez



sábado, 13 de agosto de 2011

NOTA INFORMATIVA - CONCURSO RELATOS CORTOS

La idea de abrir un espacio en el blog este verano, específico para relatos cortos, ha tenido muy buena acogida y nos alegra mucho de que así sea. Contamos con bastante material aún por publicar; no obstante, seguimos animando a nuestros colaboradores para que envíen sus cuentos durante todo el presente mes de Agosto, con la seguridad de que serán publicados.



Igualmente insistimos para que los lectores de los mismos nos manden sus calificaciones, de acuerdo a sus gustos y a su personal valoración. Como no aparece en los trabajos el nombre de los autores, ésta es la mayor garantía de neutralidad. (Os recordamos debéis indicar : el número y nombre del relato así mismo como la calificación :
BUENO – MUY BUENO ó EXCELENTE) .



En el mes de Septiembre, una vez realizado el recuento de las votaciones, se dará a conocer el nombre del ganador/a, que aparecerá en este mismo blog, y Amaduma, en agradecimiento, le entregará un obsequio como valor simbólico por su participación.



Agradecemos la contribución de todos; la de los escritores y la de los lectores, y nos sentimos muy honrados por ello.





LA JUNTA DIRECTIVA





jueves, 11 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 009 - VERANO DEL OCHENTA Y DOS

Nerea no podía afirmar que la invitación de Irene fuera un simple gesto de generosidad, o por el contrario provenía de un deseo claro de evidenciar que ella era una “niña rica” y de que conociera el mundo en el que se movía, la finca en la que veraneaba, la “gente guapa” de la que estaba rodeada, y las fiestas y los “saraos” que su clase social llevaba a cabo.

Ignorando sus verdaderos motivos, y aún admitiendo que estuvieran mezclados, no dejaba de reconocer y de agradecer la oferta de vacaciones que su amiga le había propuesto. Quince días en un lugar privilegiado de la costa marbellí, en una magnífica casa al borde del mar lindando con una hermosa playa semi-privada, o al menos de difícil acceso para el común de los mortales. El cuidado y amplio jardín, la enorme piscina casi olímpica para sus ojos, y en un lado, y oculta a través de una hilera de tupidos árboles, la pista de tenis. Todo este panorama se ofrecía a su mirada sorprendida y un tanto asustada ante el temor de no saber desenvolverse en un mundo tan alejado, incluso vedado hasta aquel momento para ella.

Las dos jóvenes se habían conocido cursando estudios en la misma Facultad. Nerea a través de una beca que no podía permitirse el lujo de perder, y que le obligaba a dedicar todo su tiempo y su esfuerzo a esa tarea, aunque se sabía dotada para superarla.

Irene, a su vez, sorprendentemente, ponía todo su empeño en aprobar las asignaturas, se tomaba muy en serio su carrera, y únicamente recurría a los magníficos apuntes que elaboraba su amiga, como una ayuda que ella le brindaba. Era una estudiante responsable y en ese ámbito no ejercía para nada su papel de “niña rica”.

La familia Aguirrezabala la había acogido cordialmente y con sorprendente naturalidad. Nerea imaginaba que sabían, a través de su hija, su condición social –su padre un modesto encargado de obra y su madre ama de casa-, ya que ella nunca la había ocultado.

En aquella primera cena familiar le presentaron a todos sus miembros. Y no pudo dejar de sorprenderse ante la “calidad física” que derrochaban. Muchas generaciones de buena cuna y mejor crianza quedaban patentes. El padre, de rostro jovial y atezado, parecía un maduro galán de cine; la madre, esbelta y juvenil representaba ser la hermana mayor de sus hijos –Nerea creyó percibir algún retoque plástico en su tersa piel, pero no podía afirmarlo-; Álvaro, el primogénito, alto, guapo y deportista se comportó con ella de forma galante y simpática, “tu amiga además de talento tiene belleza, ¿verdad Nené?” y el benjamín, Rodrigo, un chaval rubio de hermosos ojos azules, le estampó dos sonoros besos y le regaló una amplia sonrisa. De Irene siempre le había admirado el “estilo” que imprimía a cualquier prenda que llevara encima, aquella melena de mechas naturales en la que se mezclaban distintos tonos dorados, y los verdes ojos de un mirar profundo y a veces enigmático. No desentonaba con el resto de su familia.

El comedor de verano se asomaba a un sereno y brillante mediterráneo plateado por una redonda luna llena. El mobiliario, la decoración, la mesa, la vajilla, los alimentos, se le antojaban propios de un escenario de película. “Gente perfecta para un mundo perfecto”, pensó.

Los días se sucedieron con una plenitud y rapidez vertiginosa. Flotaba entre una nube de actividades atrayentes y desconocidas para ella. Divertidos baños en el mar, juegos en la playa, locas carreras subidos en rápidas lanchas fuera a bordo, bailes nocturnos organizados en jardines, y alguna que otra visita a discotecas de moda de las que pronto salían huyendo “la plebe es insoportable, ¿verdad chicos?”, comentaba algún componente del grupo con tono distendido y ánimo jocoso.

Y ella, en medio de aquella vorágine, como un miembro más del conjunto, como si toda su vida hubiera participado de las mismas costumbres y del mismo ambiente.

Lo mejor, sin duda, los largos paseos al anochecer por la playa ya desierta acompañada de Álvaro, que se había convertido en su sombra y ejercido como su pareja durante toda su estancia. El murmullo de las olas rompiendo blandamente sobre la arena, y el rojizo reflejo del sol celando en el horizonte, propiciaban la conversación serena y animaban a las confidencias. Él le preguntaba sobre sus proyectos, sus aspiraciones, escuchaba muy atento sus palabras y en su rostro y en su ojos desaparecía la expresión desenfadada y un tanto frívola con la que habitualmente se mostraba.

-No sabes bien lo afortunada que eres pudiendo decidir sobre tu futuro, le dijo, las mujeres sois mucho más valientes para enfrentaros a él. Mi hermana es una buena prueba de ello.

Antes de entrar en la casa, se habían cruzado y detenido sus miradas. Nerea podía respirar la atracción que flotaba entre ellos; notaba los latidos descompasados de su pulso y sentía los labios resecos. Álvaro se inclinó hacia ella y creyó que iba a besarla. La voz masculina sonó velada de tristeza al decirle:

-Eres una persona extraordinaria. Mereces lo mejor- Dio media vuelta y se alejó.

La última noche en aquél paraíso prestado. Había preparado la maleta y se había despedido de sus anfitriones. Álvaro no acudió a la cena y Nerea pensó que el ambiente enrarecido que se respiraba tenía algo que ver con su ausencia.

No podía dormir desvelada por el cúmulo de sensaciones y pensamientos que ocupaban su mente, y se asomó a la terraza de la habitación que había ocupado como invitada.

Las voces elevadas llegaban desde el salón abierto al porche situado justamente debajo de donde ella se encontraba. Después se convirtieron en gritos agudos, en peticiones de socorro y en lamentos desgarradores. Vio la silueta del padre de Irene, ya en el porche, persiguiendo a su mujer y golpeándola con saña, una y otra vez, como un poseso. Álvaro e Irene consiguieron reducirle. Los insultos aún se mezclaban con el llanto lastimero de la mujer.

Su amiga levantó los ojos y la vio en la terraza, pálida de terror por cuanto había presenciado. Sostuvo valientemente su mirada, y fue entonces cuando Nerea comprendió lo que escondían su verdes y enigmáticas pupilas.

Mayte Tudea



martes, 9 de agosto de 2011

RELATO A CONCURSO Nº 008 - MI NUEVA CASA

Me vi obligada a dejar la casa en la que viví desde mis tiernos años, y me dediqué a buscar la que sería el hogar de Javier y mío, al regresar él de EE UU, tras finalizar su especialización en cirugía plástica.
Cansada de recorrer inmobiliarias, en una me ofrecieron un piso, céntrico y amplio, ajustado a nuestra economía. Fui a verlo y, nada más entreabrirse la puerta, salió de él un olor penetrante, como de pergamino añejo, que hizo que en un gesto instintivo me apretara la nariz con los dedos.
-No se preocupe por el olor- me dijo la empleada de la inmobiliaria- tenga en cuenta, que el piso lleva cerrado más de diez años por problemas con los herederos. Cuando se ventile bien, el olor desaparecerá. Me convino el piso y agilicé los trámites de compra y, cuando tuve las llaves, volví para verlo de nuevo. Estaba todo amueblado, y como los muebles eran de calidad pensé quedarme con ellos. Tenía las paredes cubiertas de papel, los suelos enmoquetados en marrón y en la biblioteca del salón había libros de Aghata Christie, de leyes y de religión, portarretratos, figuritas y una colección de estiletes incompleta. Atrajeron mi atención varios cuadros de vírgenes, una cruz con un rosario y una maleta y un neceser, dispuestos para un viaje, sobre el armario del dormitorio principal. A pesar del polvo, todo estaba perfecto dentro de la imperfección que el tiempo acumula. Me asomé al ventanal del salón y, el trozo de mar que vi, me hizo sentirme relajada.
-El piso cambiará- me dije- Pintado de blanco y decorado con cortinas y macetas, perderá la de falta de vida que tiene, como de no haber oído nunca la risa de un niño. Los de Javier y míos lo alegrarán con sus travesuras.
Tras la salida de albañiles, carpinteros y pintores, el piso tomó un aspecto y un olor distinto, sin embargo, al abrir el armario el olor a pergamino parecía acumulado en él. La maleta y el neceser, varias veces los tuve en el ascensor para tirarlos, y no sé qué extraña fuerza me impedía hacerlo.
Una tarde mientras ojeaba unos libros, encontré un papelito doblado en el que había escrito unos versos, cargados de pasión, con la dedicatoria: “Para ti, mi amor” Manuela. Me quedé sorprendida pensando por qué no habrían llegado a su destinatario y cómo una mujer tan aparentemente metódica y religiosa podía escribir ese poema amoroso. No sabía apenas nada de la anterior dueña del piso, pero el portero me hizo su retrato casi completo.
La señorita Manuela llegó con su padre, abogado de profesión, procedente de Marruecos. De edad indefinida y no mal parecida, iba siempre bien peinada con un moño en la nuca y vestida con una elegancia trasnochada. Era correcta, aunque orgullosa, no tenía trato con los vecinos y nunca, ni antes ni después de la muerte de su padre, se había visto subir a ningún hombre a su casa. Salía muy poco, sólo a misa y de compras, y algunos fines de semana se marchaba fuera, decía que a casa de un hermano. Contaba un vecino que la había visto en un pueblecito del interior vestida muy a la moda, y con los cabellos sueltos, acaramelada con un chico más joven que ella. Hasta la noche que murió, su luz era la última en apagarse, al parecer se quedaba leyendo, escribiendo o rezando el rosario.
De esta foto robot, sólo el episodio del joven podía tener relación con el poema encontrado y decidí olvidarlo. Transcurrían los días, y tanto como me gustaba salir, apenas salía ordenándolo todo igual que la señorita Manuela. El olor a pergamino del armario persistía, era mi obsesión. Un día al desarmarlo por enésima vez vi en el fondo una tablita desajustada, tiré de ella, y quedó al descubierto un doble fondo lleno de cartas amarillentas atadas con un lazo azul mortecino, y una nota suelta. El olor que me perseguía desde que entré en el piso se esparció por el dormitorio. Mi primer impulso fue coger una bolsa y acabar con él, pero la curiosidad me hizo leer aquellas cartas de amor destinadas a la señorita Manuela y la nota en la que el enamorado le decía; que la dejaba por haber encontrado el auténtico amor en una chica muy joven con la que pensaba casarse. Me quedé consternada y para dar por concluido el asunto, metí las cartas en una bolsa, y junto a la maleta y al neceser, la dejé dispuesta para tirarla.
Pensaba ilusionada en el regreso de Javier, en que pronto llenaríamos la casa de amor, de alegría, y de la risa de los niños que deseábamos tener cuando... la voz de Paco al teléfono me despertó de mis sueños.
-Carmen, lo he dudado mucho, sin embargo, mi deber como amigo es contarte que Javier...
- ¿Qué le ha ocurrido a Javier?- dije casi gritando llena de presentimientos.
-No le ha ocurrido nada, pero llega a las ocho a Madrid con su esposa de viaje de novios para presentársela a sus padres. Lo siento, Carmen.
-¡Javier casado! -repetía nerviosa, intentando hablar por teléfono con sus padres. Cuando lo conseguí, la madre, con “lo sentimos hija” no hizo más que ratificar lo que me negaba a creer. Miré el reloj. Eran las cuatro. Presa de gran dolor y de ira, creí que tenía tiempo de ir a Madrid a dar a Javier mi bienvenida. A mi lado estaban los objetos que pensaba tirar a la basura. Cogí un estilete de la biblioteca y al guardarloen el neceser, en uno de sus bolsillos, topé con el que faltaba en la colección. Me quedé perdida en un mundo confuso y, cuando pude reaccionar, coloqué los estiletes en su sitio y en la chimenea del salón hice una pira con las cartas de la bolsa. Las de amor de Javier, las até con el lazo azul junto a la nota de ruptura hallada como si fuera la que él no tuvo la honradez de escribirme y, guardé el paquete en el doble fondo del armario.
Rota por el cansancio y las emociones vividas, recogí en un moño mis indómitos cabellos y me senté frente al ventanal mirando la mar, mientras que como un autómata, mis dedos desgranaban las cuentas del rosario.

Amalia Díaz
30 de junio de 2011